Hay
días que no quiero salir de casa, pero por obligación debo hacerlo. Quiero
decir, no es obligatorio asistir a clases, pero si quiero obtener buenas
calificaciones en los exámenes y estar a la par no puedo dormirme o
desaparecerme durante un tiempo y luego regresar sabiéndolo todo. Las cosas no
funcionan así, pero en caso de que esté actualizada en las asignaciones por gesto
de un compañero, a los profesores les gusta ver la cara de sus estudiantes y de
ahí califican, así que como sea, estoy mal.
A veces
despierto y no quiero pararme de cama, no por pereza, sino por tristeza. Me da
miedo que los demás huela mi soledad, que la vean reflejada en mi rostro, que
escuchen sus bostezos en mis palabras. En esos días sólo me levanto, tomo un
poco de café y vuelvo a la cama sumergida en un libro o en algo que hacer. Si
no hay nada que hacer, me duermo. Es en esos días en que no quiero saber de
nada ni de nadie, ni siquiera de mí misma. Me da rabia verme al espejo, así que
lo tiendo en la cama o lo sitúo de manera que ni le perciba cerca. Cuando me
canso de lo mismo, intento hacer algo diferente, pero siempre termino tendida
en el suelo, no en lágrimas, pero sí en una amplia falta de esperanza.
Es en
esos días en que escribo. No tengo voz, así que todo lo plasmo en tinta. Mis
lectores quedan asombrados y les encantan las palabras que coherentemente sitúo
una detrás de la otra. Las leen con devoción y se sienten júbilo en sus almas
sin siquiera percatarse que mis líneas tristes no lo son por casualidad. Por
ratos pienso que nunca unirán las piezas de mi rompecabezas. Se da la situación
que siempre falta una u otra.
Esos
mismos días son bastante catastróficos para mí, porque el problema de estar
sola y sentirse sola es que cuando sales a darle la cara al mundo, no te gusta
lo que ves, entonces, en vez de socializar prefieres el silencio. Quieres sólo
paz y tranquilidad. Soledad. Hacerle el amor a un libro recostada en cama, o
ver alguna película cuyo sentido del humor no está a tu nivel. Quieres ese eco
ensordecedor que usualmente te rodea, donde das el más simple de los pasos y
retumba a tu espalda. Donde puedes escuchar esa horrible voz que habita en tu
cabeza como si estuviese personificada a tu lado.
Los
días en que me siento así suelo ducharme en la madrugada porque por alguna
razón desconocida no concilio el sueño. Me encantaría hundirme en un letargo
profundo, pero simplemente no puedo. Utilizo ese tiempo para estudiar esas
asignaturas que lo ameritan como física o química. A veces le pongo atención a
Matemáticas y he ahí la razón por la cual siempre obtengo buenas calificaciones
aunque falte a clase. Deducirás de este dato qué tan seguido llega a mí la
tristeza espontánea y malditamente desconocida en causas. Simplemente ocurre.
Sin
embargo los días que más detesto son aquellos en que extraño el simple hecho de
despertar en casa con el olor del café recién colado por mi madre aleteando
justo en mis fosas nasales. Esos días son aquellos en que peor me siento. Son
días en que quisiera sentarme en sus piernas, como cuando era más chica, y
decirle que la amo y dormirme allí, donde el mundo es más seguro. También me
llega cierta añoranza por mis amigos, esos de los que perduran. Los que siempre
han estado y espero que siempre se mantengan a mi lado. Extraño una simple broma
que lleguen a hacer, salir a comer con ellos o el simple hecho se sentarnos en
un lugar a hablar. Extraño sus palabras molestas que en el fondo son puramente
cariñosas, aunque en su forma denoten lo contrario. Y por supuesto, te extraño.
Entonces, durante la lluvia que humedece mi rostro mi mente, mi estúpida mente
que veo como mi peor enemiga, inicia una jornada de tortura donde me pregunto
qué sería de mí si me quedase sola. ¿Cómo me sentiré cuando mi madre fallezca?
¿Qué haré si me quedo sin amigos? ¿Qué pasará si me faltas tú? Sé que lo
superaré, pero en ese instante mi cerebro no lo entiende y mi corazón se
acongoja… Pierdo fuerzas y me quedo dormida, y al despertar soy una mujer
nueva.



