domingo, 6 de abril de 2014

Hola, Soledad.




Hay días que no quiero salir de casa, pero por obligación debo hacerlo. Quiero decir, no es obligatorio asistir a clases, pero si quiero obtener buenas calificaciones en los exámenes y estar a la par no puedo dormirme o desaparecerme durante un tiempo y luego regresar sabiéndolo todo. Las cosas no funcionan así, pero en caso de que esté actualizada en las asignaciones por gesto de un compañero, a los profesores les gusta ver la cara de sus estudiantes y de ahí califican, así que como sea, estoy mal.

A veces despierto y no quiero pararme de cama, no por pereza, sino por tristeza. Me da miedo que los demás huela mi soledad, que la vean reflejada en mi rostro, que escuchen sus bostezos en mis palabras. En esos días sólo me levanto, tomo un poco de café y vuelvo a la cama sumergida en un libro o en algo que hacer. Si no hay nada que hacer, me duermo. Es en esos días en que no quiero saber de nada ni de nadie, ni siquiera de mí misma. Me da rabia verme al espejo, así que lo tiendo en la cama o lo sitúo de manera que ni le perciba cerca. Cuando me canso de lo mismo, intento hacer algo diferente, pero siempre termino tendida en el suelo, no en lágrimas, pero sí en una amplia falta de esperanza.

Es en esos días en que escribo. No tengo voz, así que todo lo plasmo en tinta. Mis lectores quedan asombrados y les encantan las palabras que coherentemente sitúo una detrás de la otra. Las leen con devoción y se sienten júbilo en sus almas sin siquiera percatarse que mis líneas tristes no lo son por casualidad. Por ratos pienso que nunca unirán las piezas de mi rompecabezas. Se da la situación que siempre falta una u otra.

Esos mismos días son bastante catastróficos para mí, porque el problema de estar sola y sentirse sola es que cuando sales a darle la cara al mundo, no te gusta lo que ves, entonces, en vez de socializar prefieres el silencio. Quieres sólo paz y tranquilidad. Soledad. Hacerle el amor a un libro recostada en cama, o ver alguna película cuyo sentido del humor no está a tu nivel. Quieres ese eco ensordecedor que usualmente te rodea, donde das el más simple de los pasos y retumba a tu espalda. Donde puedes escuchar esa horrible voz que habita en tu cabeza como si estuviese personificada a tu lado.
Los días en que me siento así suelo ducharme en la madrugada porque por alguna razón desconocida no concilio el sueño. Me encantaría hundirme en un letargo profundo, pero simplemente no puedo. Utilizo ese tiempo para estudiar esas asignaturas que lo ameritan como física o química. A veces le pongo atención a Matemáticas y he ahí la razón por la cual siempre obtengo buenas calificaciones aunque falte a clase. Deducirás de este dato qué tan seguido llega a mí la tristeza espontánea y malditamente desconocida en causas. Simplemente ocurre.


Sin embargo los días que más detesto son aquellos en que extraño el simple hecho de despertar en casa con el olor del café recién colado por mi madre aleteando justo en mis fosas nasales. Esos días son aquellos en que peor me siento. Son días en que quisiera sentarme en sus piernas, como cuando era más chica, y decirle que la amo y dormirme allí, donde el mundo es más seguro. También me llega cierta añoranza por mis amigos, esos de los que perduran. Los que siempre han estado y espero que siempre se mantengan a mi lado. Extraño una simple broma que lleguen a hacer, salir a comer con ellos o el simple hecho se sentarnos en un lugar a hablar. Extraño sus palabras molestas que en el fondo son puramente cariñosas, aunque en su forma denoten lo contrario. Y por supuesto, te extraño. Entonces, durante la lluvia que humedece mi rostro mi mente, mi estúpida mente que veo como mi peor enemiga, inicia una jornada de tortura donde me pregunto qué sería de mí si me quedase sola. ¿Cómo me sentiré cuando mi madre fallezca? ¿Qué haré si me quedo sin amigos? ¿Qué pasará si me faltas tú? Sé que lo superaré, pero en ese instante mi cerebro no lo entiende y mi corazón se acongoja… Pierdo fuerzas y me quedo dormida, y al despertar soy una mujer nueva. 

¿Qué sabes tú sobre el amor?

"Young Love" by Kimbra

Los adultos experimentados, y con este sinónimo me refiero a las personas mayores de 27 años que han estado casados o tenido varias relaciones e hijos, ven a los jóvenes a su alrededor como “Jóvenes y Estúpidos”. Nos llenan la cabeza con palabras acechantes que refieren a hechos cercanos a nuestro crecimiento, a nuestra falta de interés en muchos aspectos de la vida, a nuestro común pensamiento a disfrutar el presente, al rotundo sentimiento que aguardamos dentro de nuestros corazones de conquistar lo que nos rodea. Esas personas que están supuestas a guiarnos por tener mayores anécdotas que contar, en vez de hacerlo, muchas veces espantan cada una de las núbiles ensoñaciones y sentimientos que tenemos, convirtiéndonos en pedacitos minúsculos de carbón, o siquiera de lo que alguna vez soñamos ser.

Ciertamente, luego de que un adulto nos hace una observación sobre cualquier cosa que rodee nuestra existencia cambiamos por completo. Inicia en nosotros un intenso proceso de dubitación que nos quita el hambre, el sueño, la concentración y la esperanza.  A mí hay muchas cosas que me han arrebatado esos cuatro pilares fundamentales de la vida, y le atribuyo la culpa a mucha gente: me ha pasado con mi madre, mi padre, maestros, familiares, amigos, gente que pensaba yo que eran mis amigos… No significa que sea fácilmente influenciable, hay que saber la diferencia entre estas dos situaciones, pero sí dejo claro que, aunque lo deje expreso a la vista del mundo, la vida en sí me afecta.

Algo que les encanta a los “adultos experimentados”, y permítanme dejar con las comillas una explicación en el aire que más adelante llegará, su fascinación llega cuando pueden cuestionar la vida de un adolescente con la frase “Eres joven y piensas que todo lo sabes”.  Es cierto que pasaron por dicha etapa y que eventualmente, si la muerte no nos quita la oportunidad antes, llegaremos a su edad. Sin embargo, su línea favorita para agregar otro alfiler y clavarlo en nuestros corazones al cuestionar nuestra capacidad sentimental es a través de un “¿Le amas?”, y si la respuesta es positiva, agregar una gotita más al vaso y rebosarlo con un detallado “¿Amor? Tú no le amas. Eres muy joven para amar… Bah, ¿Qué sabes tú del amor?”.

En el párrafo anterior me permití cuestionar el grado de habitual confianza que se le atribuye a una persona mayor, ya que por el hecho de haber nacido años antes que otra no le hace más calificado para juzgar y opinar en la vida de quienes muchas veces no piden su opinión, pero le permitimos que la exprese por “respeto”. Vemos al “adulto experimentado” por la vida que ha llevado y es muy común que dicha vida no haya sido nunca la mejor ni sea la vida que los jóvenes queremos para nosotros mismos. Un señor o una señora emocionalmente inestable, que ha tenido varias parejas y todas fracasan por una u otra razón, que no mantiene armonía entre su familia ni sus descendientes confían en el, ¿es una persona digna de preguntarme qué se yo del amor?
Un persona que no se digna en entender lo que hacemos para prosperar, cómo hemos elegido lo que queremos como nuestra profesión futura, en qué se basa y ni pregunta qué puede hacer para ayudarnos a mejorar en ello, ¿es un ser a quien le corresponde preguntarme qué se yo de la vida cuando mi vida apenas está empezando?

Personalmente, y analizando el concepto que a través de los siglos nos han instruido del “Amor”, llego a la conclusión de que si nuestros mayores en verdad desean ayudarnos, y con  ello al desarrollo de la sociedad, primeramente deberían darnos la confianza de hablarles sobre ciertos temas que nos afectan sin temer ser prejuiciados por una mente con mayores vivencias.
Entonces, luego de que entiendan esto (que considero que jamás ocurrirá en todo el globo terráqueo) las personas se acordarán lógicamente que amor es dolor. Que no importa si nos rompen el corazón; con el simple hecho que nos inciten a ser valientes, a no temer al futuro y seguir adelante, ya es un logro. Ahí, y sólo ahí, los adultos se darán cuenta que estamos aprendiendo, y que el sentimiento más limpio, el más real sale de un corazón adolescente. Un joven entrega lo siente, todo lo que tiene y tiene sus propios estándares de qué recibir a cambio. Es honesto sobre todas las cosas, y sería incapaz de romper su compromiso con el otro a base de algo incorrecto, y si sucede crecerá con ello.

El amor más puro es un amor adolescente, porque como va acompañado de la inexperiencia, aprendiendo a importarse por otro ser como lo hace por sí mismo, es más difícil. Y la dificultad es dolor, y sólo será un premio cuando se aprenda de ese dolor a no repetirlo, como todos los errores. Ese aprendizaje a tan poca edad será la base para un exitoso adulto que sí tendrá derecho a aconsejar a otros en el amor, porque cuando las heridas sanan es cuando se analiza que el amor es todo lo que tenemos, lo que mejor sabemos hacer, pero mantenerlo es un sacrificio constante porque nada es ni puede ser perfecto.


No sé qué concepto tengas, amigo mío, del amor. Pero este es el mío. Así que, por favor, digan  idioteces a los jóvenes. Ni se les ocurra volver a preguntarme qué sé yo del amor.